Subieron al colectivo enérgicas, sus movimientos eran histéricos e inocentes. Atravesaron la diagonal que construía nuestra mirada, la pisotearon sin el más mínimo cuidado. Nosotros como cámaras registramos la escena, mirámos atentos, estudiando, pretendiendo entender. Después nos comentamos lo sucedido al descansar la mirada de uno en el otro.
Tu mujer también miraba, no jugaba, sólo observaba. Nos sentimos culpables de jugar tan descaradamente frente a ella y nos pusimos a jugar con actuado menor entusiasmo.
Ella se aferraba a mi, intentando ver mis intenciones bajo los lentes de sol. Yo pensando que podría amarte, a vos, a tu mujer, a cualquiera, a ninguno.