El invierno se hizo presente dos primaveras atrás, así que los meseros, ya acostumbrados, sirven al forastero que ingresa por el amplio portal una copita de coñac para que se sacuda el recuerdo de la ropa liviana, el canto de las chicharras, y se entregue a las bebidas calientes, las comidas suculentas.
El forastero es ahora una nueva distracción para los expectantes, una actividad más que justifica lo que es innecesario justificar. Quizá un poco conciente de eso elije una mesita discreta del fondo, deseoso de vino y del plato del día que pide sin prestar importancia a lo que contiene."Un plato más", piensa.
Los meseros, que también esperan, se distraen con el partido de fútbol que se ve en el pequeño televisor de la esquina.
Ellos entran ya acompañados y ocupan la primera mesa que ven, a su izquierda. Le sobran sillas, pero está ubicada justo frente a la ventana. Ahí la lista de distracciones aumenta y uno puede espiar mientras espera. Antes de abocarse a la tarea hechan una rápida mirada al lugar, "Un forastero más", piensan.