Luis

Sus facciones se vuelven oscas en el invierno, su pequeña silueta rechaza el viento con gestos violentos y la nariz le hace una mueca de desaprobación cada vez que la nieve le cae encima.
En el verano pasea su ropa liviana por las calles, se somete a largos baños de sol y cuando, casualmente, están regando la plaza, se tira al pasto dentro del radar de los regadores automáticos.
Yo le dije que ese no era el comportamiento adecuado para un meteorólogo. Debería tratar por igual a todas las estaciones. Sus preferencias invaden demasiado su tarea, salteando meses en el reporte.
Enero, febrero y marzo los presenta con una sonrisa radiante, deteniéndose a explicar el progreso del clima hora por hora, detallando con minutos y segundos el preciso momento del cenit. Incluso, en su entusiasmo y frenesí, recomienda gustos de helados y bebidas concordantes con la posición del sol.
Abril y mayo existen sólo a su antojo y de acuerdo a su estado de ánimo. Mayo hace como dos años que no lo menciona, le dio una licencia hasta nuevo aviso por "disturbios en la emocionalidad".
Junio, julio y agosto no existen, y que a una ni se le ocurra mencionar algo al respecto.
Recuperarse de la apatía le cuesta todo septiembre. En este período su humor suele ser bastante frágil y se pasa horas encerrado en su habitación. En octubre, luego de animarlo con sopas y levantarle diariamente la persiana para que se filtre el calor, comienza a dar algunos reportes aislados con un tono formal y distante.
Por lo general es en noviembre cuando se enamora, dejándose llevar plácidamente sin ningún reproche a los excesos de las fiestas en diciembre. Ahí es cuando Luis se pone hermoso y a mi me dan ganas de abrazarlo.