El lugar de los nosotros (2)

Todos los puentes tienen tu voz, tu tono calmo y melodioso. Todos los puentes son del mismo color.

Martina sabe que los puentes son pasajes suspendidos en la nada, se erigen sobre pequeños vacíos que condensan el caos. No son lugares para construir una casa, le enseñaron.
Pablo no entiende eso y en vez de esperarla del otro lado se queda anclado en el medio y deviene en puente. Ella aguarda, cansada de hacer señas ya que gritar a esa distancia no serviría de nada, a que se digne a esperarla del otro lado o que por lo menos se acerque hasta su orilla para poder atravezarlo.
Pablo es precavido, no entiende nada de las señas de Martina (esa figurita fuera de foco que apenas distingue a la distancia, de la cual empieza a olvidar el rostro) pero no se arriesga a dejar su posición. No es que se sienta cómodo, pero ya le es familiar y prefiere esperar a que ella decida el próximo movimiento. El cual acompañaría con gusto, se dice y le vienen ganas de gritárselo, de dejárselo en claro,  de explicitarlo para verse obligado a hacerlo. Pero ya es puente, está osificado, sus brazos ahora cadenas enlazadas la acompañan a ella en la caminata lenta.