Faena

Me vestí de lobo, lucí mis colores más brillantes.
Yo que siempre sufrí por cordero, me confundí los hábitos.
Con el oído agudo la ampare en la mueca de mi sonrisa, le canté una canción de cuna. Me desvistió en una palabra, mi pelaje inerte no alcanzó para su certeza. Me vi con hocico y muelas nuevas, ella remarco la perfecta punta de mis orejas y mi olfato tan fino.
Los veo desplegarse ajenos a mi. Siendo mi anteayer, mi verano nunca concluso. Helada, busco a la pasiflora en las paredes y el revoque solo sostiene dibujos. Obligándome a clavar la mirada en la distancia que mantienen ceremonialmente entre sus sillas, en todas las palabras que se reprochan en ese aire.
Ella que simulo quedarse dormida, llegar tarde y en pijama. Yo con trenzas y bordados.Vos, tu azul y tu lana, siempre impoluto; deseando desarmarse. desamarse. no amar nunca.
La faena, las costumbres reiteradas en nuevos sitios. Me obligas a jugar, cuando yo ya estoy cansada.
Los lobos lloran a los desconocidos. Aúllan para reunirlos en el coto de caza y que se despedacen ellos mismos, que hagan lo que los lobos no pueden.
Me retiro al otoño, a los otoños eternos, donde marcaste el inicio de las ausencias.
A lo simple del acolchado, a lo estrecho de la sábana, a la caricia del viento que viene desde el otro cuarto. Donde no es necesario el pelaje; donde no habitan los lobos, en el hielo del volcán.