No hay nada que recuerde más al verano que cierto tipo de desorden casi programado.
Las sábanas que no se cambian hace días, las ropa entreverada con los libros en el piso.
La inexistencia de la sábana.
Dormir vestido, como si la ropa cubriera el abandono al que nos obliga la noche de verano.
El espacio hueco, vacio, profundizado que dejan los sonidos al irse como si transportaran ecos de otros anteayer. El verano siempre es anteayer.
Me presento, y te presento, éste mi pozo, verano.