No hay plegarias para los arquitectos.
Al dejarse perseguir por la lejanía
las cosas se desploman.
La caminata deshace las ciudadelas,
despierta a los niños en otros cuentos.
Dice algo e irrumpe el silencio
coarta el derrumbe
vuelve el revoque a las paredes
y se hacen imprescindibles los arquitectos.
Supeditados al espacio,
no saben atesorar el tiempo
corroer las rejas y los postigos
y desbandar el preludio de macetas
que siempre acompaña a los balcones.
Construcción del abrazo,
no hay plegarias para los arquitectos...