Ella me pide que construya sus juguetes,
desabroche su camisa y le enrede el pelo.
Me escabulla en sincronía con la campana de la iglesia
y salte de a dos los escalones.
Del asfalto a la polvareda,
otra covacha que ya no es tan cómoda.
Los insectos dueños del árbol
sostienen mi siesta y confirman el amanecer
de un pueblito que es más mío que nadie.
Ella conoce todos los cuentos de la biblioteca
y tuvo tiempo de cambiar los desenlaces antes de mi llegada.
El piso de madera se astilla de tanto que ríe
y su rechinar nos sirve de canción de cuna.
En el sueño por fin te abandono
vuelvo a mi país de humedad y autonomía.