Discursos


1.
La gente es la mentira fresca del micro. Fuera el aire cálido no logra llenar los pulmones, no es como el aire frío que pasa sin pedir permiso. Las nubes se recortan siempre en alguna figura familiar, el viento; nada distinto de cualquier verano. De vez en cuanto te pienso, pero no me inundo de vos, ocupas un espacio similar al del aire caliente. Temo que al cambiar la temperatura puedas llegar a invadir mis capilares y mi sangre te reclame cíclicamente.
Entre sus piernas de un pantalón más naranja que el sol se ve a los lejos el follaje, la luz, lo indudable. No pienso hablar del cigarrillo que no está en mis labios, lo que consumaron los otros por mi, las figuras de las nubes. Me limito a mirar.
Las vías se convierten en casas, las casas en iglesias, en madera...las carpinterías se pueden tragar a un pueblo entero.
Pena que nadie dibuje los paisajes oscuros, esos que se inmiscuyen de la luz y se roban todos los colores. No los de la oscuridad total, sino los que viven en ese instante posterior al que el sol desaparece y su pantalón deja de ser naranja.

2.
Hoy pensé en tu existencia, tu fantasma desapareció varios poblados detrás. Las arañas tejen con los restos de tu pelo su vivienda y sustento; reposa en su veneno toda ira posible.
El limonero queda bastante lejos de mi cama, igualmente su jugo ahora es más ácido que de costumbre. Dejé los viejos hábitos, en verdad ya no lo riego. Ahora duermo largas horas sin almohada y desayuno lentamente.
Mi fantasma quedó conmigo pero mi existencia le lleva desventaja. Me sigue a unos pocos destinos de distancia, camina lento. A veces hace dedo y alguna que otra avispa la adelanta un buen tramo del trayecto. Su perfume, de acuerdo a la dirección del viento, a veces llega hasta mi. Cuando la corriente es buena, y la marea favorece, trae algunas de sus pertenencias. De a poco se completa el monte.
Cierto, hablaba de tu fantasma. Es difícil respetar la linealidad de lo que empecé, contra ciertas costumbres no se puede.
Quizá la próxima tormenta traiga las hojas que faltan para poder seguir escribiendo. Si fuese marinero te enviaría largas cartas de amor, de añoranza y regreso. Te amaría en cada nuevo puerto y compararía tu belleza impoluta en cada frontera...es que aquí se está muy ocupado uno.
Acá es inmenso y bello sólo cuando las casas se hacen chiquititas-chiquititas. Entonces prima el verde-bordo-bronce como si fuera un único color. Aparece al otro lado el gemelo azul-plateado como un familiar cercano.
Logré desaparecer, hermanarme con los colores; así como cuando el agua copia el marrón por ser tan amiga de la tierra. Es muy simple, de un lado se oculta el sol. Entonces ese lado empieza a consumirse por el negro y el azul. Del otro queda lo que vemos, lo que queremos y conocemos.

3.
Cuando vivíamos juntos la mesa se disponía de una manera distinta, las servilletas jamás podían estar debajo del plato sino bien acomodadas en el servilletero. Yo vestía menos colores, no por falta de alegría sino costumbre.
El sol salía del este y se ponía en el oeste, ahora es al revés. Claro que la casa tampoco es la misma. Los cuadros se mantienen, ya no sobre revoque sino sobre un rojo ladrillo a la vista. La ciudad es similar a cualquier otra y aquí tampoco hay mar. Somos serenos sus habitantes, le dedicamos mas tiempo a las cosas sencillas, sólo por delicia. Recordamos casualmente, de manera casual, cuando algo nos lleva a resaltar nuestros años. Decimos que no es añorar, sino rearmar y mantener la circularidad del tiempo.