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Un asesino a sueldo no puede acusar a un carnicero de asesino, ni un poeta a otro por utilizar metáforas. Por eso nos pusimos a trabajar de manera insaciable con mi amigo Iván, por amor y luego por necesidad asesino a sueldo de profesión, vegetariano y viejo amigo, en la jurisdicción de leyes y castigos.
El destrozaba hojas y yo inventaba sin parar letras, palabras y justificaciones morales para rellenar los nuevos espacios. Él, frenético, degollaba palabras y yo como loca perfeccionaba mis oraciones para que en su atropello no les matara el significado y me las dejara vacías.
Fue un mes arduo. Escribir, asesinar, reescribir, reformular, amenazar, validar, escribir.
Después de interesantes charlas en el descanso del almuerzo con Iván llegamos a la conclusión de que nuestras tareas no eran muy distintas, sólo que nos valíamos de distintos medios. También me di cuenta (y debí confesárselo) de lo indispensable  que me era alguien como él, los libros ya están muy llenos y sólo él sabe cómo hacer espacio.
Terminamos la tarea. Ahora te puedo acusar de lo que quiera, me ampara la ley y la seguridad de que en realidad mi profesión es otra.