Corriente subterránea
Asiste a su entierro paulatino.
El polen que revolotea en la pala
propone nuevos nexos
que le fastidian la memoria.
Suspira,
recorre cada uno de sus vestidos,
rememora el entramado que producen sus dedos cuando le acaricia el pelo.
Cada suspiro es una gramo de tierra más
cada pensamiento es un gramo de tierra más
cada abrazo es un gramo de tierra más
cada sonido es un gramo de tierra más
cada gesto es un gramo de tierra más.
Enterrala más rápido
para que no pase frío de noche.
El cura no repara demasiado en las palabras
aunque están elegidas cuidadosamente
le da lo mismo que sea una boda o un entierro.
Piensa en desenterrarla, bañarla, comprarle un vestido nuevo
y llevarla a la cama para susurrarle una canción de cuna.
No había reparado en lo que dura la ceremonia.
Despierta su ansiedad.
Su pensamiento por fin deja de sostenerse.
¿Cuánto tiempo puede demorar en abrazar la tierra y llegar a la corriente subterránea?
Quizá sólo sea cuestión de una decisión,
una intención a penas deseada
que genere el descenso.
Se estremece y cae a cuenta de que hacía mucho que algo no le preocupaba.
Una gota de sudor le hace cosquillas en la barbilla
para reafirmar su descubrimiento.
Cuánta pena le da a la gente
que no entiende de corrientes subterráneas
y pretende darla por enterrada.
Dejá de buscar los mejores lirios
de dibujarla
de mirarla en las nubes más blancas de la madrugada.
Fingí sólo para ellos que está enterrada,
que sí ella abraza el barro cálido
no habrá más alabanzas.